miércoles, 5 de marzo de 2014

Venezuela ante la historia

En días recientes ha circulado por las redes sociales una frase mía, en la que afirmo que Venezuela es un país donde los ricos protestan y los pobres celebran.
 William Ospina Es parte de un texto que escribí hace un año, a propósito de la muerte del presidente Hugo Chávez, y la echó a andar de nuevo en estos días una columna de Julio César Londoño. Yo pienso que tanto los que protestan como los que celebran merecen respeto, y siempre he admirado el carácter profundamente pacífico de la revolución bolivariana, en cuyas elecciones llega a participar más del 80 por ciento del electorado, y a la que han
caracterizado movilizaciones de miles de ciudadanos que protestan y miles que celebran.

Hace un año, cuando se dio la elección de Nicolás Maduro, yo mismo pude ver un país que en medio de las tensiones del debate político hacía sonar cacerolas y lanzaba fuegos de artificio, y volví a sentir admiración por un gobierno y por un pueblo que, en los momentos más dramáticos de una revolución, producían en Venezuela menos hechos luctuosos que un partido de fútbol en Colombia.

Es sobre todo por su contraste con la violencia colombiana que he sentido tanto respeto por el proceso que lideró Chávez y ahora lidera Nicolás Maduro. Intentar reformas que favorezcan a los sectores más desprotegidos no es sólo un derecho sino un deber de los gobiernos, en un mundo tan injusto y tan desigual como este.
Nuestro continente, ahora unido en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, Celac, se ha convertido en la cuarta economía del planeta y crece a un ritmo inusual en los últimos tiempos, en una dinámica que no le debe poco a la labor de Chávez, a su patriotismo y a su incesante prédica de integración.

Una economía que creció en más del 150 por ciento en diez años y que empieza a rivalizar con las grandes economías del mundo despierta recelos por parte de las potencias a las que antes estaba sometida, y tiene deberes ineludibles con sus comunidades.

No se puede crecer sin hacer esfuerzos gigantes de redistribución del ingreso, y es lo que han hecho, no sólo Venezuela, sino Brasil, Ecuador, Bolivia, Argentina y Uruguay, persistiendo al tiempo en una política de integración y de autonomía.

También Colombia está creciendo, sin que ese crecimiento logre beneficiar en serio a la comunidad, que se agita todavía presa de todas las injusticias y todas las violencias. Lo único perceptible, en un país donde al ritmo del crecimiento económico sólo crece la desigualdad, es la multiplicación de algunas fortunas personales.

Todo el continente padece hondos problemas de corrupción y fenómenos aberrantes de violencia desde la frontera norte de México hasta las favelas de Río y las barriadas de Buenos Aires, pero ningún tema continental despierta más debates en los medios que el venezolano.

Quince muertos por razones políticas en Venezuela y la prisión de un líder opositor, causan más conmoción en el mundo que los 27 muertos que lleva Quibdó en dos meses, que los descuartizamientos en Buenaventura, o que el largo exterminio de la Unión Patriótica en Colombia.

Lo que ocurre en Venezuela es mirado con más atención y con más severidad, y es justo que así sea. Venezuela ha liderado en los últimos 15 años un esfuerzo de justicia y de dignificación de las comunidades que hace que todo lo que ocurre allí sea mirado con más esperanza y más espíritu crítico que en cualquier otra parte.

En Colombia persisten la violencia y una larga tradición de intolerancia política, pero Colombia no está liderando con sus comunidades un proyecto moral de transformación histórica; quizá por eso no se la mira con tanta expectativa. Venezuela está prometiendo un nuevo orden de convivencia, un nuevo modelo social y cultural, y tiene responsabilidades más visibles.

Quince muertos por razones políticas nos estremecen y nos preocupan. El experimento social más generoso que se haya vivido en nuestro vecindario tiene el deber de seguir siendo también el más pacífico y de no abandonar los cauces democráticos que hasta ahora ha seguido. Ya sabemos que una oposición mediática continua está declarando a Venezuela al borde del colapso día tras día desde hace 12 años, y acusa a su gobierno de dictatorial, aunque haya ganado todas las elecciones con la más alta participación del electorado.

Siempre he dicho que el principal error de la oposición ha sido no reconocer con humildad que el proceso bolivariano responde a un gran clamor de justicia y de dignidad, válido no sólo para Venezuela sino para todo el continente. Negar sus méritos, que media Venezuela antes invisible reconoce y defiende, llamarlo tiranía y barbarie, también despierta indignación entre sus partidarios, que no están dispuestos a dejarse borrar otra vez del horizonte de la historia.

El gobierno venezolano tiene el deber de mantener la paz, de ahondar en el diálogo, y de mostrarle a su pueblo y al mundo que el modelo que propone es superior en su capacidad de convivencia, en su compromiso de dignidad y en su promesa de prosperidad general, y tiene que permitir que lo critiquen y lo vigilen.

Esa es la magnitud de su desafío. Esa es la responsabilidad que se echan sobre sus hombros los procesos políticos que quieren de verdad cambiar el mundo.
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