lunes, 20 de julio de 2015

GUATEMALA: ¿Y AHORA HACIA DONDE VAMOS?




Miguel Ángel Sandoval Sobre la corrupción no hay nada nuevo que decir. Está demostrado que no hay institución del estado que se libre de la corrupción. Ejecutivo, legislativo, judicial y organismos descentralizados como el IGSS o la SAT, han sido a su turno evidenciados por grandes o súper grandes escándalos de corrupción. No hay misterio. De la misma manera, no quedan dudas del peso de la corrupción en los principales asuntos nacionales. La
educación va mal pues hay demasiada corrupción y los fondos no llegan al ministerio respectivo pues se quedan en las redes de corrupción. Igual con la salud, pues las medicinas no alcanzan y los recursos menos, por el robo hormiga y por los contratos lesivos que se establecen  sin ningún rubor.

Es lo mismo con la seguridad ciudadana. Hasta hace poco tiempo supimos de la ausencia de controles en los centros de detención por negligencia policial. Que las patrullas no circulaban en previsión del delito pues no tenían gasolina y los fondos para ésta eran desfalcados. En suma, que el país se jodiera. Esa ha sido la divisa del actual gobierno. Lo que falta es que la Cicig nos diga el nivel de corrupción en altos mandos militares y entonces se cierra la vuelta.

Por supuesto que esto hace alusión al gobierno. Falta ver lo que toca al sector empresarial, que son los beneficiarios del escándalo de la línea, del contrabando de cientos de furgones, de toneladas de mercadería, de millones de quetzales de defraudación fiscal.

Es cierto que hay más de 50 detenidos, que la justicia toma su tiempo, que la presunción de inocencia es una regla de oro en este terreno, pero, siempre hay uno, estamos con la leve sospecha que se está dando otro giro a la impunidad, que la corrupción está solo agazapada y que de un momento a otro nos enteramos que solo se recicla.

Todo ello porque existe desconfianza en la investigación criminal, en el desempeño de la justicia y en el hecho comprobado, de jueces y magistrados cómplices de la impunidad, o acaso, actores de primer nivel en este caos nacional. De igual manera existe no solo desconfianza en la llamada clase política, sino que existe hartazgo de la misma y sus prácticas llenas de transa, doblez, ausencia de escrúpulos, venalidad. Son tantas las muestras de ello que no hace falta enumerarlas.

Lo cierto  es que en la coyuntura actual, las reformas al sistema político son apenas el punto de partida para la renovación del país,  también la única forma que el país no nos estalle en las manos y entonces que dios nos agarre confesados. Las protestas hasta hoy día han sido pacíficas, lúdicas, pero todo tiene un límite, especialmente cuando se trata de un pueblo despierto que sabe que tiene derechos y los exige por las buenas hoy, no sabemos mañana.

Es tiempo de reformas sin duda. Pero para ello hace falta mucha voluntad política y ello no aparece en el ejecutivo, en el judicial y en el legislativo. Tampoco en el sector empresarial y en sectores de los medios de comunicación. A decir verdad, la libertad de empresa y de expresión está bajo el reflector y demandan renovarse. El estado debe ser en este terreno mucho más cuidadoso. Los sectores sociales tienen enormes posibilidades para hacer avanzar las reformas y eventualmente un gran acuerdo nacional, antes o después de las elecciones. 

Finalmente reitero mi planteamiento: primero reformas y luego elecciones.
18 de julio de 2015.
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