lunes, 6 de febrero de 2012

Las 4 variedades del “capitalismo de Estado”: “petroestados”, China, Brasil y “el Kremlin”

De las 15 petroleras mayores que cita The Economist, 13 son estatales y solamente dos son privadas (ExxonMobil y Lukoil)
Alfredo Jalife Rahme
A juicio de The Economist (ver Bajo la Lupa, 25/1/12), portavoz del neoliberalismo global, el “capitalismo de Estado” exhibe “un tema con variaciones idiosincráticas”.
Adrian Wooldridge considera que “lo más sorprendente de las empresas estatales es su pleno poder colectivo en el mundo emergente”, que las ha hecho“más ricas” que en la década pasada: las 121 principales empresas estatales de China aumentaron sus activos totales de 360 mil millones de dólares en 2002 a casi 3 billones de dólares en 2010. Un año después a la crisis de 2008, 85 por ciento de 1.4
 billones de dólares de préstamos bancarios fueron para las empresas estatales. No es por nada, pero es mi hipótesis sobre el éxito poco auscultado de China y Brasil, quienes conservaron su banca estatal (a diferencia de la mediocridad del “México neoliberal”: ver Bajo la Lupa, 18 y 20/1/12).

Aduce que los “gobiernos se han vuelto más sofisticados y prefieren ejercer el control a través de la propiedad de sus acciones” y “a veces poseen todas las acciones” (v.gr. Petronas de Malasia).
UNCTAD define a una empresa como estatal cuando el Estado posee más de 10 por ciento de las acciones. Varios gobiernos manejan el arte de controlar empresas por medio de participaciones minoritarias, como Rusia, donde el Estado retiene las acciones principales (“doradas”) en 181 empresas con vocación internacional. ¡Pues sí!: nada más en el “México neoliberal” se regalan las empresas al peor postor y al mejor impostor (v.gr. desde el gas hasta los ferrocarriles).

Adrian Wooldridge, autor del “reporte especial” sobre el “capitalismo de Estado”, cita el libro El partido, de Richard McGregor, quien apunta que los ejecutivos de las 50 principales empresas chinas tienen una “máquina roja” junto a sus terminales de Bloomberg (la agencia financiera neoyorkina), que los vincula en forma instantánea y encriptada al alto mando del Partido Comunista.

El “partido de Estado” ejerce “un gran control sobre la economía, sin paralelo en el resto del mundo capitalista-estatal”. Su poder se ejerce por medio de dos instituciones: Comisión de Supervisión y Administración de los Activos Propiedad del Estado (SASAC) y el Departamento de Organización del Partido Comunista (DOPC).

SASAC, que detenta acciones en las principales empresas, “es el accionista controlador más grande del mundo” y su objetivo es implementar la “sociedad armónica”. ¡Pues qué bueno!
Señala que el “núcleo duro del sector propiedad del Estado es el petrolero”, lo que coincide con la tesis de mi libro La desnacionalización de Pemex (con el prólogo tonificante de AMLO; Jorale, 2009): “13 gigantes (¡súper sic!) controlan más de las tres cuartas partes del abasto mundial del petróleo”.

El Estado chino posee 90 por ciento de las acciones de PetroChina (que cotiza en la bolsa neoyorquina) y 80 por ciento de Sinopec. No podían faltar las peores críticas a PDVSA y Pemex, los que todavía no sucumben a las garras depredadoras de las añejas Siete Hermanas anglosajonas.
Alaba a Petronas (Malasia) y Aramco (Arabia Saudita), a las que considera “tan bien (sic) manejadas como las petroleras privadas”. ¡No se mordió la lengua después de la devastación ambiental de BP en el Golfo de México!

Las empresas estatales no se confinan al ámbito doméstico y han adquirido, como Gazprom, empresas en Europa y Asia, así como China que ha realizado acuerdos de todo género en África (en especial en Angola, donde el “México neoliberal panista” cerró absurdamente su embajada).
De las 15 petroleras que cita The Economist, medido por reservas probadas de petróleo y gas (2010), en mil millones de barriles de “petróleo equivalente”, 13 (¡súper sic!) son estatales y solamente dos son privadas (en mediocres últimos lugares): ExxonMobil (Estados Unidos: 22 mil millones, lugar 11) y Lukoil (Rusia: último lugar, 8 mil millones).

Resplandecen en los primeros sitiales las estatales: 1) NIOC (Irán: 310 mil millones); 2) Saudi Aramco (305 mil millones); 3) PDVSA (¡Venezuela!: 225 mil millones); 4) Kuwait Petroleum (110 mil millones); 5) Gazprom (Rusia: 108 mil millones); 6) Qatar Petroleum (105 mil millones); 7) NOC, SOC, MOC (Irak: 90 mil millones); 8) ADNOC (Emiratos Árabes Unidos: 80 mil millones); 9) Turkmengaz (Turkmenistán: 48 mil millones); 10) Libia NOC (25 mil millones); 12) PetroChina (China: 30 mil millones); 13) NNPC (Nigeria: 20 mil millones); 14) Rosneft (Rusia: 10 mil millones).

Ahora se entiende perfectamente la razón por la cual la OTAN busca apoderarse de los hidrocarburos de Irán, ya no se diga de Venezuela.

Admite que en la pasada década “Rusia ha tenido un reforzamiento notable del poder del Estado”, a diferencia de la “privatización salvaje” de Yeltsin. ¿No fue el caso similar a la privatización alocada del “México neoliberal”?
Ahora “el Estado ruso controla la cúpula de la economía por medio de la propiedad indirecta de las acciones”, con las mayores tajadas de las principales y más estratégicas empresas: Transneft (oleoductos), Sukhoi (aviones), Unified Energy Systems (gigante eléctrico), etcétera.

Fustiga que los vilipendiados “oligarcas” del sector privado han sido sustituidos por anteriores funcionarios del espionaje soviético vinculados con el premier Putin, quien preside el consejo de Vnesheconombank, banco de desarrollo que controla los activos más lucrativos: petróleo, gas, energía nuclear, diamantes, metales, armas, aviación y transporte. ¡Todo lo contrario de Banobras! (que dirigió en forma mediocre Calderón).

Este “capitalismo del Kremlin” está “dominado por un puñado de firmas gigantescas controladas por un grupo de espías (sic), cuando dos empresas controladas por el Estado, Sberbank y Gazprom, representan más de la mitad de la rotación de la bolsa rusa”. En forma relevante, los “fondos soberanos de riqueza” (WSF) del Estado ruso han comprado empresas foráneas.

Juzga que Brasil es el “miembro mas ambiguo (sic) del capitalismo estatal: una democracia que también adopta muchas de las características del capitalismo anglosajón”. Después de su empuje privatizador en la década de los 90 ahora “se mueve en una nueva dirección”: el gobierno ha colocado recursos en un puñado de campeones estatales: en recursos naturales y Telecom” mediante un “nuevo modelo de política industrial” que sustituye la propiedad gubernamental “directa” con la “indirecta” a través de su Banco Nacional de Desarrollo (BNDES) y su subsidiaria de inversiones BNDESPAR (¡con activos de 53 mil millones de dólares!). Vuelve a relucir mi hipótesis sobre la posesión ineludible de una banca nacional como prerrequisito del éxito geoeconómico.

Arguye que a los “capitalistas estatales les gusta dar el ejemplo de los recientes éxitos de China frente los crecientes fracasos de Estados Unidos”, cuando “es muy posible que el capitalismo estatal funcione bien en algunas áreas (v.gr. infraestructura) y muy mal en otras (v.gr. bienes de consumo)”.

Adrian Wooldridge sucumbe en una esquizofrenia profesional al pretender que las “variedades del capitalismo estatal tienen una cosa en común: los políticos tienen mucho más poder de lo que tienen en el capitalismo neoliberal”.
A mi juicio, el grave problema del fracasado neoliberalismo global fue haberse olvidado de la política, “el arte de lo posible”, mientras hizo de las finanzas y la contabilidad la alquimia de lo imposible.
http://alfredojalife.com
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