viernes, 28 de septiembre de 2007

Argentina- Vigencia de la tortura

Por Carlos del Frade (APe).-
La tortura se sigue aplicando en la Argentina. Una práctica que necesita de maestros dispuestos a enseñar y alumnos que se hagan responsables de multiplicar semejante conocimiento, de llevarlo a la práctica. Las nuevas generaciones de las policías provinciales, más allá de ciertos discursos que hablan del cierre histórico de la noche carnívora de 1976, vuelven a fichar en el oscuro río de las sectas de la picana y palizas descomunales contra los muchachos desesperados.

Continuidad del sistema en lo económico, continuidad del sistema por abajo, con la mano siempre dura y disciplinada para domesticar a los díscolos y mostrarse alerta al servicio del orden de las minorías. En pleno tercer milenio, en la provincia de Córdoba, las noticias hablan de los apremios ilegales. Postales de otros tiempos que, sin embargo, son de estos días, de estos tiempos. Maximiliano tenía veintiún años.
Lo acusaron de intentar robar un quiosco. Fue detenido por integrantes de la comisaría 12, del barrio Colón, de la capital cordobesa. Lo molieron a golpes de borceguíes, según constató el médico del propio penal. Falleció el mismo día en que la provincia elegía su gobernador. Aunque sus padres denunciaron el caso ante los tribunales, ningún policía fue indagado por el fiscal Rubén Caro.

En la localidad de San Francisco, al noreste de la provincia de Córdoba, un pibe de solamente diecisiete años fue encontrado ahorcado en una de las rejas de la alcaidía de la departamental policial. El chico fue detenido por ser uno de los tantos miles de adictos que existen en la Argentina.
Adictos, aquellos que no pueden decir, aquellos que no pueden contar sus necesidades con sus propias palabras, aquellos desesperados que fueron invadidos por la soledad impuesta a fuerza de tanto saqueo impune. Los padres del muchacho contaron que se había fugado varias veces de un instituto que, supuestamente, tiene como objetivo la llamada “rehabilitación” de los consumidores consumidos.

Las fugas eran consecuencia de los malos tratos recibidos, cosa que denunciaron pero que nadie tomó en cuenta. -Yo pensaba que me lo iban a corregir en ese lugar y en cambio terminaron con su vida -dijo Mercedes de Roldán, la mamá del pibe que ya no está en el mundo de los vivos. Según la explicación policial, el adolescente usó la funda del colchón, la cortó en tiras y con ellas fabricó la soga del final.
El caso fue caratulado como “muerte de etiología dudosa” y según los testimonios recogidos por el periodismo, "el colchón no tenía la funda" como asegura la Policía y, por otro lado, “los familiares remarcaron que la celda estaba vacía y que ningún personal advirtió lo que estaba realizando su hijo cuando estaba encerrado”, señalaron las fuentes consultadas.

Lo que ya no hay dudas es que el castigo, los apremios ilegales y las torturas continúan siendo una práctica vigente en las mayorías de las fuerzas de seguridad provinciales en la Argentina del tercer milenio. ¿Quiénes son los maestros de semejante pedagogía?
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