domingo, 17 de octubre de 2010

Lucha suramericana, aprendiendo del Ecuador (1/2)

Kalaka Pablo art
Tito Pulsinelli y Fernando Dorado
Buscar la luz adentro de la sombra
Las lecciones que deja la experiencia de Ecuador (30-S) son muy valiosas. El comportamiento de lOs sectores sociales, partidos o expresiones políticas que los representan frente al golpe cívico-militar en desarrollo - abortado pero no derrotado -, deja ver con más claridad el panorama y nos permite reafirmarnos en algunas tesis que hemos planteado con anterioridad.

La complejidad de la situación actual
Los pueblos latinoamericanos avanzan en la conquista de su autonomía y soberanía apoyándose en gobiernos nacionalistas que enfrentan una situación muy difícil y compleja.
El aspecto principal de la cuestión es la imposición -a lo largo de la dominación colonial y neocolonial- de unas economías dependientes basadas en la extracción de recursos naturales energéticos para el mercado mundial (petróleo, gas, agro-combustibles).

Y la producción de materias primas básicas como café, madera, flores, coca, frutas y otros productos tropicales, etc., con la adecuación de toda la infraestructura productiva (IIRSA) para profundizar la explotación minera. Quieren apropiarse de nuestra biodiversidad (tierras, bosques, agua, biomasa, aire, sitios turísticos, etc.) y de nuestros mercados (de servicios, energía, telefonía, medios de comunicación, comercios, transportes y demás).

Durante los últimos 30 años de neoliberalismo, la plutocracia capitalista de diversas potencias (estadounidense y europea, principalmente española) ha destruido las pocas industrias y manufacturas de productos intermedios que se construyeron durante el siglo XX. Arrebataron las empresas rentables estatales y privadas, adecuando el Estado a sus necesidades: ser intermediario y guardián de sus inversiones (legislación neoliberal, tecnocracia ejecutiva y aparato militar servil).

El Banco Mundial y demás organismos de planificación y control económico mundial, impusieron políticas “públicas” dirigidas a “modernizar” la capacidad productiva de la mano de obra nativa. Con una serie de programas educativos y tecnológicos para promover el “emprendimiento empresarial”. Así se consiguió que amplios sectores de la población productiva se convirtiera en “socio de segunda” de las grandes transnacionales mediante la creación de cientos de miles de microempresas (Pymes), integradas a la gran cadena productiva monopolizada por las multinacionales y bancos foráneos.

Para atenuar los efectos de ese modelo se aprobaron políticas asistenciales para la población pauperizada y empobrecida de las zonas rurales y “cordones de miseria” de las ciudades. Este sector de la población es una verdadera “carga improductiva” para la sociedad, y un gran problema para los gobiernos soberanistas y nacionalistas amarrados a las inversiones transnacionales.

En caso de que los gobiernos quieran ir más allá en nacionalizaciones y expropiaciones, el bloqueo financiero del mundo capitalista llevaría a estos Estados débiles y dependientes a quedar sin liquidez suficientes para sostener importantes servicios sociales. Eso es como quitar protección a su base de apoyo social, vale decir a millones de personas que dependen de “subsidios estatales”. Sólo Venezuela – por ahora – puede hacerlo, y eso, con algunas limitaciones.

Colombia es uno de los mejores ejemplos del avance de este modelo que todavía se va a profundizar más, valiéndose de la estrategia de intervención política y territorial que se impulsa a la sombra de la supuesta lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. La “re-primarización de la economía” es un hecho consumado y los planes inmediatos están orientados a ensanchar la inversión y fortalecer todavía más la dominación política y territorial.

Las clases y sectores sociales frente a los gobiernos nacionalistas
En la mayoría de países sudamericanos la fuerza social que ha posicionado a gobiernos nacionalistas y democráticos está constituida por los sectores que más sufrieron los efectos de las políticas neoliberales de los últimos 30 años.
Allí está el “proletariado informalizado” compuesto por los escasos obreros industriales que quedan, los trabajadores con contratación laboral precaria, desempleados, técnicos y profesionales asalariados, micro-empresarios, y toda una gama de trabajadores de servicios, comercio, transporte y sector informal, como son los vendedores ambulantes, moto-taxistas, y actividades similares.

Muy pocos tienen algún nivel de organización y, por ello, han encontrado en las elecciones la única forma de expresar su inconformidad y protesta. Este es el sector mayoritario de la población, asentados en áreas urbanas y rurales, y en todos los renglones de la economía. Constituyen la base social de las revoluciones “ciudadanas”, “bolivarianas”, soberanistas y democrático-nacionalistas.

A su lado se han puesto – en forma tímida y condicional – los trabajadores de las empresas y entidades del Estado. Apoyan a los gobiernos nacionalistas para defender sus reivindicaciones laborales conseguidas durante el período del “precario Estado de bienestar”. Sin embargo, cuando los nuevos gobiernos por necesidades colectivas han tenido que recortarles algunos derechos - que son “privilegios” frente al resto de la población sin-contratos y sin-sindicados-, reaccionan de una forma estrecha, individualista e inmediatista. Cuando la lucha se agudiza sus cúpulas dirigentes giran hacia al campo contra-revolucionario, mientras que las bases aceptan la necesidad de ajustar la disciplina de algunas de sus condiciones laborales.

La “izquierda tradicional” que tiene allí sus principales bases sociales, con contadas excepciones se ha plegado al reivindicacionismo económico minoritario de estos sectores burocráticos del Estado. Ha contribuido a generar confusión y confrontación, ayudándole a las oligarquías a la desestabilización fomentada por la derecha y al imperio. Cumplen con la función de debilitar los procesos de cambio acusándolos de ser neoliberales y privatizadores. Estas “izquierdas” no dirigen, son conducidas, y no tienen un proyecto propio de sociedad distinta y posible.

Contra el neoliberalismo también han sido factores sociales importantes los campesinos y las clases medias, los pequeños y medianos empresarios arruinados por el TLC y la dolarización, además de la pequeña burguesía en descomposición. Estos sectores apoyan a los gobiernos nacionalistas con la ilusión de reconstruir un “capitalismo democrático” que les permita recuperar el “progreso y la prosperidad”.

Cuando la lucha por la soberanía nacional se hace más intensa, la mayoría de los pequeños y medio productores se mantienen al lado de la ola del cambio, mientras la minoría más rica y acomodada se pliega a los sectores oligárquicos y al imperio. La capacidad de manobria de los nuevos gobierno puede solventar parcialmente esta anomalía.

La “problemática” de los pueblos originarios (indígenas)
Una parte de los sectores sociales subordinados - sobre todo en Bolivia, Perú y Ecuador -, está integrada por los pueblos indígenas que aspiran a la autonomía y a la reconstitución de sus economías, culturas y nacionalidades. Constituyen importantes contingentes de resistencia y lucha contra las oligarquías y contra el capitalismo neoliberal.

Sin embargo, hay que decir que en América del Sur y Colombia se ha idealizado el “ayllu” y el “resguardo” como categorías de un supuesto colectivismo o socialismo incaico. Pero a su interior existe una verdadera lucha de clases. El mundo capitalista circundante ha penetrado en las sociedades indígenas de las Américas abriendo una zanja entre las elites y la base social. Las relaciones capitalistas “calladamente” influyen en los pueblos nativos. Muchas formas de trabajo asalariado están camufladas con ropaje aparentemente “comunitario”. Existen muchas formas de explotación de la fuerza de trabajo, donde se evidencian factores de “descomposición de las relaciones de producción pre-capitalistas”.

“La minga” y otros tipos de trabajo “solidario” no son equitativos. La distribución de la tierra – en muchas regiones - es injusta o está monopolizada por algunas familias. Hay problemas de diversa índole al interior de las comunidades indígenas que se materializan en enfrentamientos por la repartición de la tierra, competencia insana por acceder a cargos de autoridad o de gobierno, atajos para obtener beneficios individuales o familiares. Las relaciones sociales comunitarias se han erosionado. Se ha mermado la autoridad de las autoridades propias y su capacidad de representar a todos.

Algunos dirigentes del movimiento indígena representan intereses de clase dentro de sus propias comunidades. Son personas que ya se han dejado utilizar por la oligarquía. Valga el ejemplo de la alianza con un vigilante del imperio come Lucio Gutierrez. Son directivos de “organizaciones sociales” que han devenido en ONGs que -a su vez- son el brazo operativo de “proyectos de desarrollo” y control ideológico. Se han convertido en intermediarios de la “cooperación internacional” que estimulan la dependencia y el paternalismo entre la población cautiva.

Entre los sectores elitistas de la dirigencia indígena ha hecho carrera la opción de colocar las legítimas reivindicaciones étnicas y culturales por encima de la independencia nacional de cada país y de la construcción de la Patria Grande. “Revivir la gran Nación Aymará-Quechua” es una consigna atractiva para la hegemonía quechua-aymara. Aprovecha el resentimiento racista acumulado por siglos de opresión y discriminación ejercidas por parte las oligarquías. Todavía presentes en sectores de la población blanca y mestiza influida por esa ideología excluyente. Reconstruir la Abya Yala se presenta entonces como la principal y prioritaria tarea revolucionaria.

Esta política se presenta con la forma de una concepción anticapitalista, anti-extractivista, anti-desarrollista. Las fuerzas del separatismo han logrado una confluencia táctica con el “antropologismo social” del mundo industrializado. Este es incapaz de ver a los indígenas de carne y hueso de las Américas contemporánea. Se imaginan a los pueblos originarios como un “todo indistinto”, en una dimensión sin tiempo, en donde no hay diferencias entre los descendientes del poder concentrado de los Incas y Aztecas, y aquellos que huyeron hacia la Amazonia o resistieron en la periferia abrupta de esos imperios. Se desconoce la temperie social y cultural de esas latitudes que no es socialmente idéntica.

Esa concepción antropologista se alimenta de la denominada “cosmovisión ancestral”, donde confluyen una serie de teorías bien intencionadas pero que, desde nuestra perspectiva, son idealistas y atemporales. Entre ellas se destaca un nuevo humanismo utópico, la “economía descalza” de Max-neef, la teoría de la “Decolonialidad del poder” de Aníbal Quijano, y toda una serie de planteamientos que finalmente – así no lo pretendan – terminan aislando a los pueblos indígenas del resto de población afrodescendiente, mestiza y blanca. Estos se distancian de la dirigencia de unos segmentos de los pueblos originarios que juegan ocultamente la carta arriesgada del separatismo y actúan como factor de división de los pueblos.
(continuará)

vea también "Imperialismo, indigenismo e socialismo", http://selvasorg.blogspot.com/search?q=imperialismo%2C+indigenismo+socialismo

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