miércoles, 20 de octubre de 2010

Lucha suramericana, aprendiendo del Ecuador (2/2)

Kalaka
Tito Pulsinelli y Fernando Dorado


La situación en Colombia y perspectivas

En Colombia el movimiento indígena surgió con una concepción integral de la lucha (CRIC, 1971). Sus fundadores planteaban: “Somos colombianos, somos campesinos, y somos indios”. Tal formulación era una verdadera plataforma política de alianzas. “Los indios no seremos

libres si la Nación colombiana no se independiza del imperialismo”, afirmaban. “Nunca recuperaremos de verdad nuestro territorio si no se conquista una reforma agraria democrática”, era otro de sus lemas. Y agregaban que “mientras Colombia sea excluyente y antidemocrática no podremos reconstruir nuestros pueblos, naciones y culturas”.

Tal vez como fruto de ese legado ha habido una reacción a dicha tendencia “indigenista”. La Minga de Resistencia Social y Comunitaria, que es la fuerza principal en el Congreso de los Pueblos que se acaba de realizar en Bogotá del 8 al 12 de octubre, ha orientado a sus bases

a buscar una compenetración con otros sectores sociales.

Sin embargo, todavía pesan al interior de estos procesos concepciones abstencionistas y aparentemente “apolíticas”. Esto es un obstáculo a desarrollar una estrategia para ganar a la mayoría de la población para, por un lado, fortalecer la lucha por el poder político del Estado, y por el otro, impulsar un proceso sostenido y de mediano plazo en la dirección de construir nuevas relaciones sociales y

políticas plenamente incluyentes y democráticas.

Esta última circunstancia es una heredad de la concepción insurreccional que aspiraba a derrotar total - y de un tajo - a las fuerzas oligárquicas. La experiencia histórica demuestra que ello no es posible, que se trata de un proceso que requiere una mirada y un esfuerzo de mediano y largo plazo. Hay que acumular y consolidar las fuerzas sociales y materiales para las diferentes fases de esta tarea. De la Segunda Independencia a la afirmación del bien común y la equidad, quebrar los monopolios y garantizar un mercado plural, extender el Estado social hasta abarcar toda la educación, salud y pensiones. Esta son las señas concreta del socialismo, no la jerga y los reiterativos esquemas doctrinarios.

La correlación de fuerzas debe imponerse sobre los “deseos científicos” y atenerse a una estrategia múltiple, que sepa apoyarse a la institucionalidad vigente, para neutralizar la violencia oligárquica y arrebatarle espacio del poder y privilegios históricos. Los adictos

al “todo o nada” o al “todo y ya” son los pilotos automáticos de la ruta “Nada-Washington. La democracia participativa, impulsada “desde abajo”, es el instrumento para acumular fuerza organizada y avanzar.

En una situación de dualidad de poder, hay que construir la Hegemonía Social Popular en donde las fuerzas del cambio deben “con paciencia” ganar a las inmensas masas populares – del campo y de la ciudad – que han sido “informalizadas” por más de 30 años de neoliberalismo. A partir del estratégico reducto del poder político, es imprescindible consolidar la capacidad de contener y substraer espacios a los poderes fácticos: económico, financiero, militar, religioso, mediáticos y a los centros financieros intervencionistas internacionales (banca, FMI, BM).

A partir de esto, surge la fuerza organizativa fundamental capaz de cristalizar un Estado que disponga de los recursos nacionales existentes para reconstituir con ellos una nueva base económica propia, democratizada, sostenible social y ambientalmente, integrada a la región suramericana pero ligada al mundo que está emergiendo. El eje sur-sur y la capacidad política soberana permitirá hacer frente al bloqueo imperial y oligárquico.

Solo si el “partido nacional” pone a la defensiva y delimita la hegemonía del “partido imperial”, se asegurará el control de los recursos estratégicos y hará viable la redistribución social. No es el momento de las pequeñas patrias o de la federación étnica, ni del contrapoder regional al estilo neo-zapatista.

Conclusiones

Creemos que los procesos de cambio que encabezan Chávez, Correa y Evo, tienen en lo fundamental claridad sobre muchos de los aspectos planteados, pero no han hecho la suficiente retroalimentación y pedagogía popular para involucrar en su estrategia nacional

democrática “neo-desarrollista” al conjunto de la dirigencia social-popular. Por ello, los “procesos constituyentes” se han limitado a impulsar las políticas y programas de los gobiernos

nacionalistas.

Ello explica - en parte - la resistencia que diversos sectores sociales han manifestado frente a los métodos autoritarios y burocráticos que algunos gobiernos nacionalistas utilizan en su

gestión gubernamental. Sin embargo, en otros casos la intransigencia ha venido de la dirigencia “inmediatista” de los trabajadores del Estado o de sus grandes corporaciones – pedaleados por algunos partidos de “izquierda” – o de la élite separatista indígena.

Se requiere un viraje importante en esta materia. Las organizaciones sociales que verdaderamente estén por derrotar el capitalismo depredador, y por superar la dependencia de las economías extractivistas, deben involucrarse en la tarea de construir nuevas formas productivas. Que sirvan de base a una efectiva independencia y autonomía y también orientada a salirse de la lógica del mercado especulativo. Más complementación que competición, más Estado y menos mercado, subsidios a la demanda y no a los bancos.

Es necesario pensar en el conjunto de la población: explorar, recoger, sistematizar y estudiar concienzudamente las experiencias exitosas y fracasadas de construcción de economías “propias”, solidarias, agro-ecológicas, “de resistencia”, “alternativas”. Debemos asimilar y empezar a aplicar los contenidos teóricos de la “economía de equivalencias”.

No es haciéndole el juego al imperio estadounidense como los pueblos indígenas van a conseguir su liberación o como los trabajadores del Estado van a mantener sus conquistas laborales. Sin la derrota española nunca se hubiera logrado la abolición de la esclavitud.
Estados Unidos juega a “balcanizar los Andes”, a dividir el frente anti-neoliberal, a contraponer las clases subordinadas para derrotar la actual lucha latinoamericana antimperialista e integracionista. Nosotros tenemos que apoyarnos en los gobiernos democrático-nacionalistas para construir las bases materiales de la nueva sociedad post-capitalista. De allí que… O nos unimos o fracasamos.

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