lunes, 11 de octubre de 2010

¿Quiénes son los que trabajan en el FMI?

Europeos, cuidado..

Si la pregunta del título de esta nota se la hiciéramos a un niño de 10 años de un país subdesarrollado, emergente o en vías de desarrollo (según las denominaciones del Fondo Monetario Internacional), la respondería perfectamente y más de uno hasta podría saber el nombre del presidente de la entidad. No sería igual la respuesta en un niño de la misma edad de un país central o desarrollado.
El objeto del FMI, plasmado en su estatuto fundacional escrito en 1945, decía: “Promover políticas cambiarias sostenibles a nivel internacional, facilitar el comercio internacional y reducir la pobreza”. Tomando esa consigna, alguien podría pensar inocentemente: “Qué buen trabajo realiza el FMI, que todos los niños lo reconocen en función del bienestar que les brindan sus políticas”. Desgraciadamente,
el efecto que esta entidad supranacional ha generado en los países en los que ha intervenido activamente fue de consecuencias sociales irrecuperables.

Cabe preguntarse: ¿es posible que el FMI, contando con recursos humanos de una capacidad y conocimientos dignos de envidiar por cualquier administrador, cometa tamaños errores? La misma pregunta echa por tierra la posibilidad de errores sin intencionalidad. No cabe duda de que
sus funcionarios –que, como todo empleado, deben justificar sus salarios, y en este caso jugosos salarios– reciben instrucciones de sus “principales accionistas” (Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Italia y Japón, entre otros).

Los funcionarios del FMI que ocupan los cargos del nivel más alto son siempre miembros de países desarrollados. Los niveles bajos y medios están cubiertos por el mismo perfil de empleados que trabajan en todo el mercado financiero, y el Fondo no es la excepción a la regla.
Tomando el ejemplo de Latinoamérica, se puede decir que el 90 por ciento de los banqueros de las distintas áreas de negocios financieros de la región son ciudadanos de esos países. Pero no son ciudadanos comunes. Cuentan con apellidos patricios de cada país en particular. Sus padres son grandes empresarios, industriales o abogados de renombre. Se creen poseedores de una ética envidiable para la media de la población. Fieles religiosos, de comunión diaria, se sonrojan al escuchar el más inocente insulto, incluso podrían llegar a ponérseles los pelos de punta si vieran a un chico robar un chocolate en un kiosco. Todos ellos son grandes defensores del libre mercado.

A los empleados de organismos internacionales como el Fondo o el Banco Mundial
les gusta presentarse como “progresistas” y hasta aceptan de buen grado que se los considere medio “zurditos”, ya que en teoría trabajan para una organización que contribuye a la equidad, el bienestar de los pueblos y la lucha contra la pobreza.

Todo esto demuestra la gran hipocresía existente, ya que como todos sabemos, inclusive ellos, su trabajo diario es perjudicar a los países a los que someten. Hay una frase de la Presidenta argentina sobre los fondos buitres muy ilustrativa al respecto:
“Para que un buitre extranjero pueda actuar impunemente en nuestro país, necesita sin duda la colaboración y subordinación de buitres locales”.

Podemos citar también al Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien describe al Fondo como el brazo ejecutor de la Reserva Federal de los Estados Unidos, que a su vez responde a las grandes corporaciones de ese país. Y, por supuesto, la mejor prueba son las medidas que propone el organismo: flexibilidad laboral, libre mercado, superávit fiscal suficiente para pagar deuda. Todas se destacan por una total indiferencia ante sus consecuencias humanas y el peligro de injerencias en las soberanías nacionales, beneficiando siempre a las grandes corporaciones y sus socios locales. A diferencia de otro órgano multilateral como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional nunca ha sido dirigido por un ciudadano perteneciente a un país del Tercer Mundo.
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