lunes, 27 de julio de 2009

Colombia: El Cauca, Colombia y América latina

Fernando Dorado -

Manipulación y complot avanza tras bambalinas en…

CAUCA, COLOMBIA Y AMÉRICA LATINA

Lo que sucede en el departamento del Cauca (Colombia) es un ejemplo de lo que ocurre en el continente americano. La economía del narcotráfico – manejada y utilizada desde Norteamérica – arrasa la vida de las comunidades campesinas indígenas, afros y mestizas. Su impacto es notable en destrucción de lazos comunitarios, migración de población flotante que llega desde otras regiones (principalmente jornaleros recolectores de hoja de coca denominados “raspachines”), irrigación de dineros y costumbres propios de economías de “corto plazo”, al estilo de las explotaciones de caucho, guano y añil impulsadas por el imperio inglés durante el siglo XIX.

La violencia, el desplazamiento forzado y la descomposición social son sus resultados visibles. La guerrilla, los paramilitares y el ejército oficial se disputan temporalmente el control territorial dependiendo de alianzas con narcotraficantes y otros intereses tácticos. Las comunidades y el ecosistema siempre pagan altas cuotas sociales, económicas y ambientales.

Es la avanzada – ya utilizada y perfeccionada en diversas zonas de Colombia y del mundo - de la intervención territorial de las todopoderosas empresas transnacionales que vienen tras el oro, el carbón, la biodiversidad, el control de algunas empresas de servicios públicos (energía, agua potable, telecomunicaciones) y el ensanchamiento del mercado. Paradójicamente el conflicto armado – con orígenes en la resistencia campesina del siglo XX –, ha terminado siendo funcional a esa estrategia imperial, independientemente de la voluntad de los actores de la guerra, quienes son manejados y manipulados desde el exterior. Son fichas en un tablero mundial y regional. Su papel es desbrozar el camino.

La Anglo Gold Ashanti y otras empresas similares han conseguido importantes concesiones mineras en toda la región. Unión Fenosa (empresa española) se apoderó desde la década de los 90 del principal embalse de agua para generación de energía (La Salvajina), y hoy tiene una alianza de grandes proporciones con Smurfit-Kapa, empresa reforestadora y productora de papel que está aposentada en el Cauca desde hace 50 años.

Importantes inversionistas han iniciado proyectos de producción de materia prima (palma africana y caña de azúcar) para agrocombustibles en la costa pacífica y en otras zonas del departamento o provincia. La financiación y presencia de la USAID es apabullante. El soporte de infraestructura se materializa en importantes proyectos viales y de ensanche energético que están en plena construcción. Es una verdadera ofensiva en un territorio de economía campesina.

Fruto de dicha estrategia han conseguido que las comunidades indígenas, campesinas y afros, se enfrenten - entre ellas - por territorio. Pero, lo más grave: ayer (26.07.09) las comunidades indígenas del Cauca han denunciado ante el relator enviado por las Naciones Unidas, Sr. James Anaya, que la guerrilla colombiana es uno de los principales causantes de la violación de los derechos humanos de los pueblos indios. Los enfrentamientos con los actores armados son históricos en esta región, pero en este instante la confrontación parece desbordarse. El Estado, algunos sectores internos a las comunidades, y el empresariado capitalista (sobre todo los dueños de los ingenios azucareros del Valle del Cauca) azuzan el conflicto. Y parece que están consiguiendo su objetivo.

¿Quién gana en esta confrontación? ¿Quién pesca en río revuelto? Alguien se frota las manos.

Ofensiva colonialista

La actuación en el caso del Cauca es de la misma naturaleza de la que se aplica para Latinoamérica. El golpe político-militar en Honduras; el reforzamiento de la presencia bélica gringa en Colombia; la escalada del Departamento de Estado contra Venezuela acusándolo de convertirse en un Estado “narco-terrorista”; el fortalecimiento del enfoque “antiterrorista” en la política de la UE para A.L.;

la configuración del eje Perú, Colombia, Panamá, México en estrecha colaboración con las oligarquías de los demás países; la neutralización de la acción diplomática de Brasil y otros países frente a tan graves situaciones; son hechos que llevan a pensar que las grandes transnacionales y sus gobiernos corporativos estadounidenses y europeos, han determinado lanzar una ofensiva contra el proceso de emancipación política y económica que lideran los países del ALBA. Parece que se les rebosó la copa con la exitosa rebelión de los pueblos originarios amazónicos del Perú.

Está en plena evolución una contra-ofensiva de carácter colonialista. El golpe de Honduras solo es un abrebocas. La ofensiva se va a apoyar en dos problemas íntimamente ligados: el conflicto armado colombiano y la problemática del narcotráfico. Ambos temas ya han creado tropiezos a los pueblos y gobiernos de la región, pero, desgraciadamente, no se han trabajado a fondo. No se tiene completa claridad. Concepciones que idealizan y justifican la lucha armada (como actos de fe), no permiten que los pueblos y gobiernos vean más allá de lo superficial. Quienes subordinan la política al fusil, utilizando falsas interpretaciones de los planteamientos de Mao Tsé Tung, le hacen el juego a la política de contención.

Al no entender que el conflicto armado colombiano es funcional a la estrategia del imperio, se coopera – inconscientemente - con su táctica hegemonista. Si no comprendemos que la economía del narcotráfico es una herramienta de intervención territorial norteamericana, no podremos diseñar una respuesta correcta para enfrentarla. Los dineros fruto de ese negocio minan la moral, no sólo de los pueblos, sino de los ejércitos. Es otro instrumento más para “ensuciar” los conflictos de baja intensidad. Lo han hecho siempre y lo seguirán haciendo como parte de sus guerras colonialistas.

Desmontar por la vía democrática, política y diplomática el conflicto colombiano y – ahora el hondureño –, y abordar soluciones de fondo, estructurales, al problema del narcotráfico, es una tarea de primer orden para los movimientos sociales y para los gobiernos democráticos de la región. La Paz es fundamental para avanzar con la democracia participativa y para derrotar la ofensiva imperialista.

Las comunidades indígenas colombianas y caucanas no pueden convertir a la insurgencia en su enemigo principal. Los países bolivarianos no deben agrandar a las oligarquías regionales dejándose llevar a confrontaciones “nacionales” y sectoriales que sólo le hacen el juego al imperio. Hay que actuar sin desesperos con visión de conjunto.

Quienes complotan desde afuera hoy están felices. Le imponen nueva agenda a La Minga Indígena en Colombia y le manejan los hilos a la política internacional de los gobiernos bolivarianos. Hay que reaccionar, no debemos permitirlo.

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